Cochrane.
Cristalino. La trucha te ve llegar primero.
Nace en el Lago Cochrane a casi mil doscientos metros de altitud. Baja cuarenta y cuatro kilómetros hacia el oeste. Aguas claras, frías, salidas del glaciar. Pasa junto a Cochrane. El agua tiene ese color de hielo que solo dan las montañas del sur. Transparencia hasta el fondo. Catorce grados.
Truchas café y arcoíris viven en los pozones profundos. La correntada baja rápida en primavera, se estabiliza en verano. Moscas secas en los remolinos. Los pozones piden húmedas cuando baja el caudal. Línea de nueve pies y tippet fino. Se pesca en verano y otoño. El río es angosto en los tramos altos, pero hay secciones donde se puede derivar sin meter pie.
Vadeas con el glaciar al fondo. Ese silencio que tienen los ríos patagónicos donde no sopla viento. Cuando una trucha pica en aguas tan claras, ves todo. El salto. La carrera hacia las piedras. La tensión de la línea. Te quedas con eso. Con el agua fría en las botas y la imagen del pez debajo de tu mosca. Con lo poco que necesitas para estar vivo aquí.
«Lo que sigue es lo que un pescador necesita para armar una caja antes de viajar. La carta del río, los patrones que más calzan en cada mes.»
— el guía, cuaderno de campo

