Petrohué.
Nace del volcán por el Todos los Santos. La trucha arcoíris todavía es salvaje.
Nace en el Todos los Santos, el lago que glaciares y volcanes moldearon. Treinta y seis kilómetros bajando desde los doscientos metros hasta el estuario de Reloncaví. Agua verde lechosa, alimentada por deshielo y lluvia patagónica. El Osorno vigila desde el norte, el Calbuco desde el este. Valle glacial aún tallándose en la roca. Régimen pluvial generoso. Lugar de salmones y truchas salvajes.
Truchas café y arcoíris pican ninfas: Prince, Zug Bug, Pheasant Tail. Caña cinco o seis con hundimiento. Pero es el chinook lo que atrae: el verano trae salmones reyes que pesan kilos. Equipo Spey, caña siete o superior, streamers articulados grandes. Se pesca en flotada, veinte kilómetros desde la zona media. Ninfas y emergentes generan ataques constantes.
Te llevas el río en los brazos y la luz glacial en la cabeza. Pozones profundos donde la línea cala hondo, remansos donde ves el cuerpo de trucha bajando. Lluvia fría, bosque oscuro al fondo, silencio que solo quiebra el agua. El Petrohué es serio. No pide admiración. Cobra su peaje en mosquitos y trabajo.
«Lo que sigue es lo que un pescador necesita para armar una caja antes de viajar. La carta del río, los patrones que más calzan en cada mes.»
— el guía, cuaderno de campo
Una mosca, tres atadores.
La misma agua — pero atada por personas distintas. Cada una decide qué cambiar.

